Estos dos últimos días han sido GENIALES, así, con mayúsculas. Hacía mucho tiempo que no disfrutaba tanto ni me lo pasaba tan bien. Después de recuperarme un poco más de tooodos los males que tenía del viaje pude salir por fin y fui a ensayar.
He tenido la gran suerte de poder ensayar en una escuela de música que ahora en verano está practicamente cerrada. Tengo un piano de cola, uno vertical y una habitación como la de una casa inglesa, estoy tres o cuatro horas y se me pasa volando.
Mi amiga Aída va a acompañarme con su violín, así que el otro día se vino conmigo a ensayar, nos pusimos al día, repasamos algunos temas y solo con unas horas pude predecir que va a quedar increíblemente bien.
Aquí un par de fotolas de nuestro primer día de ensayo:

Después de unos pinchos al salir de la sala de música me fui otra vez por la noche con mi amiga Ana, fue un reencuentro estupendo, precisamente porque no pareció un reencuentro, parecía que la había estado viendo todos los días, eso siempre me pasa con ella, nos conocemos tanto que nos sobran las palabras pero aún así hablamos hasta las 5 de la mañana.
Y ayer tuve otro reencuentro muy especial porque vi a mi amigo Diego (mi mejor amigo de la infancia) que hacía 5 años que no nos veíamos y también estaba mi otra mejor amiga de la infancia Bea, las tres marías por la ciudad que nos juntó a los tres con 5 y 6 años, una pasada.

Mientras paseaba el otro día yo sola por mi ciudad pensaba que ya no formaba parte de ella como antes, porque todo cambia, la gente no es la misma, ya no me encuentro a alguien cada tres metros, ya no grito por el medio de la calle Santiago al ver a alguien conocido, ni corro descalza, ni canto en voz alta, ya no espero encontrarme con un amor perdido en el tiempo, ni con una enemiga pública, ya no estoy rodeada de gente porque estamos todos separados.
Pero una cosa sí sé, la ciudad cambia pero la gente no, y estos dos últimos días han sido tan atemporales que me decían que tenía 16 años y me lo creía.




